L’empire du moindre mal (J-C Michéa)

No fue mal libro este texto de Michéa sobre el liberalismo. Es claramente un ensayo, en otras palabras si bien se argumenta y se presenta evidencia al respecto, es obvio que ella no sigue el estándar de una investigación científica. Aceptando ello, y recordando que -al fin- uno vive en sociedades permeadas en su sentido común por el liberalismo, está bien en su género.

A lo largo del texto subyace una critica de una idea que no ha dejado de ser común en la sensibilidad ‘progresista’ de principios del siglo XXI. El intento de separar un liberalismo económico -que se intenta limitar, incluso si se aceptan en general sus lineamientos- de un liberalismo moral -que aparece como el lado positivo. Michéa nos manifiesta que, en última instancia, tienen una raíz común, que no son fáciles de separar.

El origen histórico es el intento de defenderse de la violencia. Es la experiencia de eventos como las guerras de religión lo que lleva a pensar en la necesidad de refugiarse en el ámbito privado, de limitar el ámbito público, de no intentar usar lo público para imponer las ideas. La vida se mueve en lo privado, y por lo tanto la libertad a defender es la vida de los individuos privados de llevar sus asuntos. El mundo público y colectivo es más bien una amenaza que corresponde limitar. Michèa nos recuerda algunas de las ideas de Benjamin Constant, justamente célebre en su distinción entre la libertad de los antiguos (pública) y de los modernos (privada).

Como lo subraya claramente Benjamin Constant ‘el objetivo de los modernos es la seguridad en los goces privados; y ellos denominan libertad a las garantías entregadas por las instituciones a esos goces’. No se podría haber dicho mejor que la libertad que celebrarán los liberales (a diferencia de la tormentosa libertad republicana) no es más que el otro nombre de una vida tranquila (y, si posible, agradable) y la aspiración a un descanso histórico bien merecido (the calm desire of wealth, como lo escribía Hutcheson en 1755) (I, 29-30)

En este sentido es que aparece la lógica del menor mal. Dado que lo colectivo es más bien la fuente de las amenazas, la orientación a seguir en ese ámbito es a disminuir esos males. El liberalismo, en algún sentido, no es sólo el abandono de toda pretensión utópica (nada más liberal que la idea que el camino al infierno está pavimentado con buenas intenciones), y luego la defensa del menor mal; es en si mismo la ideología que corresponde a ese menor mal. El liberalismo pretende que el Derecho (preocupado de lo justo, no del bien) y el Mercado (como forma estándar de relación) pueden cubrir toda la sociedad, abandonando toda pretensión de ordenar el mundo sin valores compartidos. Lo que queda es la tolerancia mutua -como fundamento de esa noción de justicia; y que el perfeccionamiento moral entonces es entrar en ese espíritu de tolerancia.

Michéa argumenta que este rechazo a la moralización pública (‘que cada quien viva como quiera, mientras no intente imponerle cosas a los otros’) ha tenido como consecuencia el abandono de la moralidad en general. Cuando la moral es asunto privado lo que sigue es la idea que no hay base alguna para ella (porque si hubiera base, bien podría discutir y tratar de aplicarla colectivamente); y si no hay base, entonces no hay temas morales como tal. Sólo hay gente que prefiere esto o lo otro. Y la sociedad logra esa situación de pacifica tolerancia cuando todos sólo tienen preferencias que buscan lograr (a través del Mercado). La mera idea de orientarse por valores (que es algo distinto a orientarse por fines, recordemos aquí la conocida distinción de Weber) se transforma en un problema.

El [principio liberal] implica que la sociedad del menor mal no es solamente aquella que, para funcionar ‘eficazmente’, no tiene necesidad de exigir a sus miembros de algún trabajo sobre ellos mismos (de exhortarlos, por ejemplo, a conformarse a un ideal determinado de perfeccionamiento moral o religioso). En verdad, y como Adam Smith (siguiendo a Mandeville) no se cansa jamás de subrayar, se trata de una sociedad donde los engranajes funcionan tanto mejor cuando cada individuo renuncia él mismo a desarrollar tal trabajo (de partida, altamente sospechoso) y preferir a esa existencia ‘sacrificial’ la persecución más tranquila de su interés bien entendido y la realización de sus deseos particulares (IV, p. 95)

Alguien podría comentar que Michéa exagera aquí. Que el paso de ‘no usemos argumentos morales para los temas públicos’ no es equivalente al abandono del argumento moral en general. Que no es contradictorio, y que sería incluso parte del liberalismo, que al mismo tiempo que se plantea que la moral no puede aplicarse a los temas colectivos uno lo puede aplicar a su propia vida (‘no porque me parezca inmoral que se haga X basta para prohibirlo, pero me sigue pareciendo moral’). Es un argumento usado, al fin, por liberales -Michéa mismo menciona a Bastiat.

Sin embargo, no deja de ocurrir la tendencia que menciona Michéa. Uno bien puede escuchar y observar argumento que encuentran criticable, o no justificable, el uso de argumentos morales para cualquier uso, incluso el individual. La desconfianza hacia esa pretensión de actuar moralmente que menciona (justo antes del párrafo que citábamos) es real -lo de ‘moralina’ no se reduce a la pretensión pública de la moral. Todo se observa simplemente como un tema de preferencias y de gustos -el intento de usar cualquier estándar parece que no tiene mayor sentido. Quien quiera insistir en un vocabulario moral puede ser aceptado, al fin, la idea no es prohibir, pero corresponde a una visión tradicionalista que ya no corresponde en la sociedad.

Michéa, en torno a ello, realiza una fuerte defensa de lo que llama la common decency. Lo que esta civilización liberal deplora son todo esos tipos de estándares ideas que nos permiten vivir, y que nos permiten vivir en común, si se quiere. Porque, en última instancia, el impulso que nos lleva a ayudar a otros, por ejemplo, es mejor que no tenerlo; y eso no es simplemente un tema de preferencias que cada uno puede tener. Cuando todo se vive como un tema individual, y la idea misma de obligación queda en entredicho, es la propia capacidad de reproducir la vida lo que queda en juego. Michéa enfatiza en que, contra lo que piensa la civilización liberal, una sociedad que sólo opera a través del contrato y del intercambio no funciona, que nuestras habilidades básicas se forman en otros tipos de contextos (¿es posible la familia reducida a relaciones de intercambio de tipo mercantil? ¿es posible la amistad a esas situaciones?). El mundo dónde nos relacionamos con intercambios (y cuyas disputas sobre eso se resuelven con las normas de justicia del derecho) no es un mundo vivible.

El argumento tiene sentido, pero sin embargo tiene sus fallas. Y una de ellas se muestra en las referencias que usa Michèa al defender esta common decency.

Es en este sentido que Thomas Carlyle no dudó, en 1849, en definir la economía política como la ciencia lúgubre por excelencia (‘the dismal science’). Es necesario entender, sin embargo, que para los liberales esta exclusión metodológica de la common decency sigue siendo la única condición racional que aún permite al imperio del menor mal de proteger a los individuos contra esos males infinitamente peores que rodean eternamente alrededor de la pobre e ingenua humanidad (IV, 104)

Hay una cosa que Michéa pasa por alto en ese uso de la frase de Carlyle: el caso concreto a partir del cual Carlyle escribe esa frase. La economía para él era la dismal science porque en su época (primera mitad del siglo XIX), la economía mostraba que la esclavitud era inadecuada. Los argumentos económicos no eran morales, en eso sigue justo lo que plantea Michéa, pero la crítica de Carlyle no era sobre el tipo de argumento usado para defender la abolición de la esclavitud, sino que la criticaba porque Carlyle defendia la esclavitud (por eso era lúgubre su conclusión que no se podía sostener). ¿La common decency que el liberalismo trata de disminuir su peso? Uno bien puede decir que en ocasiones tenía que ser criticada. Se puede comentar que fueron fuerzas morales las que realizaron esa crítica en nuestra realidad, pero los principios morales de esa crítica son los mismos que los del liberalismo.

La cita nos muestra que, con todos sus problemas, hay un núcleo que vale la pena recoger del liberalismo. En última instancia, el peligro de la guerra civil ‘religiosa’ no es menor, la búsqueda de evitarla un problema real. El siglo XX muestra lo que puede implicar la guerra a ultranza entre ideologías (el equivalente secular de las guerras religiosas del siglo XVII). La sensación que obligar a otros a vivir como uno quiere es algo negativo no deja de tener sus atractivos

.(Jean-Claude Michéa , L’empire du moindre mal, Flammarion, 2021 (2007 original). Las traducciones al español son responsabilidad mía.

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