Dado que me tocó en suerte nacer en América Latina, en particular en Chile, y vivir a finales del siglo XX y principios del XXI, ello no puede menos que afectar la perspectiva desde la cual escribo este intento de historia global. No existe tal cosa como la visión que no depende de lugar alguno, eso no es una visión universal de todas las lugares, más bien es la visión de ningún lugar. También es sabido que el hecho que siempre se observe desde una perspectiva en nada afecta la validez de lo que se puede decir: Cada perspectiva ilumina ciertos aspectos y deja de ver otros, pero lo que ilumina, efectivamente ilumina. Menos sucede que la perspectiva desde un lugar implique relativismo o que ‘todo vale’ -puestos desde un lugar sucede que la realidad se observa desde ese lugar pero efectivamente no se ve cualquier cosa. Ello es lo que permite entonces que la visión desde un lugar particular puede enseñar algo a todos, incluidos quienes a su vez, porque también siempre observan desde un lugar, tienen otras perspectivas. Lo que nos dice un Homero o un Laozi se dice desde la perspectiva de cada una de sus culturas, pero lo que nos tienen que decir es valioso para todos.

La pregunta entonces es ¿qué puede aportar en general una observación de la historia global que se realiza desde América Latina? Puesto que ello no resulta tan evidente. América Latina no es parte del centro del mundo en la actualidad, ni tampoco -como en muchas zonas de Asia- lo fue en el pasado, o existe la expectativa que pueda serlo en el futuro. Incluso la época donde se podía decir que era la periferia crucial (aquella parte de la periferia que efectivamente resulta muy importante para los poderes del centro) sucedió hace varios siglos atrás, lo suficiente en el pasado para que esa experiencia colonial sea muchas veces olvidada en discusiones actuales o no se tome en cuenta que ello ya fue una de las dinámicas de la modernidad. No es raro, entonces, que incluso cuando se intenta realizar ‘historias globales’, donde se recupere no sólo la perspectiva de los países centrales, América Latina se pierda de vista. Si uno piensa en historia de las ideas, ¿qué idea que haya influenciado el mundo ha surgido de América Latina’. Incluso cuando se intenta defender la relevancia del pensamiento de América Latina no deja de suceder que, como Aguilar Rivera lo ha mencionado recientemente:

Lo que había que estudiar eras las “desviaciones” de las ideas importadas. El énfasis estaba en el viaje de ida de las ideas políticas a América Latina. Se daba por descontado que no habría viaje de regreso (José Antonio Aguilar Rivera, Ausentes del Universo, Fondo de Cultura Económica, 2014, Introducción, página 10).

Sólo en el campo de las artes -desde la alta literatura a la popular telenovela, pasando por el tango- se puede decir que América Latina ha tenido un impacto activo en el resto del mundo (otros impactos desde esos territorios, desde el uso de cultivos prehispánicos, como la papa o el maíz, a la exportación de metales han sido más bien pasivos o no tuvieron mucho de particular). La lejanía de América Latina se muestra en el hecho que en uno de los eventos centrales de la historia de los dos últimos siglos -las dos Guerras Mundiales- no fue un evento muy central en estos lares, y lejos del trauma o evento crucial que significaron en buena parte del resto del planeta.

No obstante lo anterior, América Latina tiene una posición histórica que es relevante para comprender las dinámicas históricas. Una representación común ha sido una en que la modernidad queda asociada a desarrollo (riqueza) o a Europa (al Occidente). Es un relato del cual sólo recientemente se está saliendo, y del que todavía incluso sus críticos suelen quedar atrapados (como suele ocurrir con intentos críticos que son inversiones del valor de los signos de una distinción). El desarrollo histórico de América Latina es el mentís más claro de dicho relato.

Así, América Latina es una creación de la modernidad europea: No existe tal cosa como América Latina antes de la irrupción hispánica, y esa expansión colonial es uno de los primeros momentos de la modernidad. Es evidente que existen procesos históricos en estos territorios muy previos a ello, lo que sucede es que lo que existía no era América Latina ni menos representaba una unidad. Lo que existía era Mesoamérica, el área Andina y todas las otras tradiciones culturales en el territorio que después será pensado como una unidad. Al mismo tiempo, América Latina no es una mero resultado de la modernidad, no es un trasplante del ‘occidente’, por la permanencia de dichas culturas previas. Es así que América Latina ha estado al interior y al exterior de la modernidad occidental, no pudiendo declararla ni plenamente ajena ni ser plenamente parte. Es de hecho una experiencia común en la modernidad y las disputas entre modernizadores y tradicionalistas algo que ha caracterizado múltiples zonas (se repite en Rusia o en Turquía por dar ejemplos muy claros) y en cierto sentido la experiencia de estar fuera / dentro la experiencia más común de la modernidad. Dado que América Latina experimenta ello por cinco siglos, y ha recibido dos oleadas distintas de occidentalización/modernización, ella ofrece una perspectiva particularmente relevante para analizar dichos fenómenos. Súmese a lo anterior el hecho que América Latina no se encuentra ni entre los países más desarrollados ni entre los más pobres. Si se quisiera comprender una modernidad ‘promedio’ América Latina sería un lugar bastante adecuado; y en su interior se encuentran al mismo tiempo espacios . Ello a su vez es una característica de la región por un tiempo importante. Esto facilita concluir que modernidad no es igual a desarrollo, sino que a su vez tampoco es un proceso que lleve a los niveles más altos de desarrollo económico. Por todo ello, América Latina ofrece una mirada muy clara en mostrar que los relatos tradicionales de la modernidad, ni su crítica meramente reversora, resultan adecuados para comprender nuestro mundo.

Esto tiene consecuencias para el análisis de los procesos históricos anteriores. Nos previene contra su simplificación (contra ese binomio de tradición/modernidad o contra ese binomio ‘norte global’ / ‘sur global) puesto que ya ello es insuficiente para observar las sociedades modernas. Nos dirige fácilmente contra esencialismos históricos (puesto que su historia es una marcada por disrupciones y por mezclas que hacen ello irrisorio), nos hace pensar desde el inicio en conexiones, en superposiciones, en articulaciones (puesto que así se ha estructurado su historia).

La trayectoria histórica de América Latina es lo suficientemente ‘común’ (participando en los procesos que constituyen el mundo, sin tampoco ser un caso destacado) y a su vez distintiva (un largo proceso de estar dentro/fuera de la modernidad y de no ser ni centro ni pura periferia) para entregar una perspectiva que pueda ser de interés general.

Todo lo que hagamos con felicidad los escritores argentinos pertenecerá a la tradición argentina, de igual modo que el hecho de tratar temas italianos pertenece a la tradición de Inglaterra por obra de Chaucer y de Shakespeare (Borges, El escritor argentino y la tradición).

La literatura ha sido precisamente uno de los aspectos en que América Latina ha producido algo de interés genérico, y es en la actitud que trasunta dicho ensayo -que se puede tratar de cualquier cosa y que al hacerlo se hace desde la perspectiva que trae vivir en la región (‘porque o ser argentino es una fatalidad y en ese caso lo seremos de cualquier modo, o ser argentino es una mera afectación, una máscara’)- la que ha permitido ello. Si escribir una historia global de las formas institucionales desde América Latina tiene sentido, es porque hablar desde este lugar del mundo tiene sentido, porque permite observar ciertas cosas con más claridad. Si este texto en particular es parte de lo que se hace con felicidad o no es la esperanza bajo la cual se escribió; que esté a la altura de esa esperanza algo que tendrá que decidir el lector.

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